Por. Evelio Reyes Tipán

Entre los pregoneros más recordados de la década del 70, Don Yagualito fue todo un personaje muy apreciado por las amas de casa de Santa Elena, quienes conocían su recorrido y hora de llegada a su barrio ofreciendo pescado fresco.

Pinchagua … pinchagua … pinchagua playera. Pámpanos…pampanos… pampanos de piedra. Lisa… lisa… lisa fresca, eran los gritos y cantos mañaneros que alborotaban el sector por donde pasaba el vendedor de especies marinas, mientras la radio La Voz de la Península anunciaba las siete de la mañana.

Las mujeres aún con batas de dormir salían de sus casas con platos o bandejas a comprar los pescados que ofrecía Yagualito, alertadas por el fuerte timbre de voz que anunciaba los preciada mercancía que cargaba en su canasto de mimbre, despertando así al más dormilón del barrio, acompañando a su potente grito el cantar de los gallos y el ladrar de los perros.

Don Yagual a secas, como muchos lo llamaban, tenía la chispa de buen comerciante de pescado; a sus asiduas compradoras las llamaba "patroncitas" a quienes siempre le ponía un pez de más, dejando en el aire el menú del día: “prepárese un caldo sucio con bastante yuca y verde rallado” al vender los pámpanos. “Consume de pinchagua sólo con refrito, le agradará a los niños”, “sopa rica en fósforo lo mandará a dormir” les decías a sus felices compradoras quienes después de escoger los peces con bandejas en manos comadreaban en las veredas.

Ballenita, paraje pesquero de caprichosos bordados rocosos, era el lugar de origen de Yagualito, hombre recio dedicado a faenas pesqueras, de negro cabello lacio como el coral, de rostro cuadrado marcado por la acción de la brisa de mar y el sol, de ojos achinados que reconocían a distancias las manchas de peces. En su andar vestía camisa coloridas con nudo a la atura de su ombligo, pantalones recogido hasta la rodilla, muchas veces su recorrido lo hacía con los pies descalzo, usando un sombrero viejo de paja toquilla; en su hombro era infaltable su canasto grande de mimbre recubierto de red, en ciertas ocasiones sólo cargaba su bajío lleno de peces. 

Siendo anciano su estampa más recordada era verle sentado, en la vereda, descansando junto a su canasto.

La temporada de Lisas en Ballenita era toda una fiesta marina al pescarlas, concentrando a los foráneos y lugareños en la playa a partir de la cinco de la mañana en busca del apetecido pez, prendiendo fogatas en espera que el cardumen pasara para ser jalado a la orilla.

Al rayar el aura, Yagualito salía a Santa Elena a recorrer los peces frescos, mientras tantos las cholas alentaban el fuego de los fogones para asar Lisa y verdes, aromas que cubrían las calles peninsulares anunciando la llegada de las Lisas a la costa de la península.

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