Mi pueblo era cubierto de árboles frondosos: guasangos, tamarindos, ceibos, frutales, etc. 

Era un Eden primoroso; no habían calles, sino caminos donde se encontraban silbatos de barro, ollas fragmentadas y otras cerámicas. 

Nuestro pequeño pueblo disfrutaba aún de noches a oscuras. Contaban mis bisabuelos, que había un jinete que cabalgaba en un caballo blanco con silla de montar; que, expuesto a la luz de la luna, tenia un brillo reluciente y dejaba escuchar en el silencio de la noche, profundos sonidos de campanillas.

Cuando hacia su aparición, llegaba al sector de la albarrada en el barrio Rocafuerte, como a las doce de la noche; ahí tendido sobre la tapa de un pozo, descansaba, luego de un largo rato se retiraba por el mismo sendero por el que llegó.

Su presencia en el pueblo era un presagio de muerte. Alguien tenia que morir. Efectivamente, a los pocos días, determinada familia se vestia de luto por el fallecimiento de alguno de sus miembros.

Ernesto Merejildo (1948) Salinas.

Recopilado por Maria Teresa Alvarez y Sol Damerval en Mitos y  Leyendas de la Peninsula de Santa Elena.

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