Por: Andrea Carrillo

Algunos dicen que la sección de cultura es la hermana pobre de cualquier medio; esto, puede ocurrir porque en ocasiones se limita a ser una agenda de eventos a los que se debe asistir para pasar por “culto”. La cultura es más que eso, es parte de nuestra realidad, es la manera en la que nos desarrollamos, el cómo hablamos y lo que somos sin conciencia de serlo.

“Ahorita (aurita) mismo”, “dame haciendo”, la misma manera de saludar, están determinados por la cultura; es como un rayo que nos atraviesa desde el momento mismo en que nacemos y nos encontramos con pulseritas rojas para evitar el “mal de ojo” o nos visten de amarillo para tener suerte.

Es fácil confundir “cultura” con “lo culto”; creer que por ir al teatro se es distinto a quien revende las entradas en la puerta, creer que citar un autor poco conocido nos diferencia de quien a duras penas puede leer. Bien, la cultura no es lo mismo que el nivel de educación, ni las clases sociales son lo mismo que las élites.

La cultura es más compleja de lo que a simple vista creemos que es. La realidad, por ejemplo, está formada por la naturaleza más la cultura; esto significa que la realidad de cada uno es distinta de acuerdo a su cultura. Más compleja todavía es una de las tesis que Mario Vargas Llosa desarrolla en su libro La civilización del espectáculo, donde cita a T.S. Eliot y explica que la cultura es patrimonio de una élite y siempre va a ser así: “es condición esencial para la preservación de la calidad de la cultura de minoría que continúe siendo una cultura minoritaria”; esto significaría entonces que las cintitas rojas en todos los bebés llegaron ahí por diferentes razones, algunos la tuvieron porque sus padres lo decidieron, otros por lo que escucharon a la empleada y otros porque fueron criados por una nana. A decir verdad, cuando inicialmente se lee lo que T. S. Eliot explica, se creería que es una concepción clasista de cultura, pero lo que él en realidad expone es que siempre va a exixtir una élite (no una clase social) que aprecie de manera más técnica y argumentada la cultura y que gracias a ellos la cultura permanece.

Una persona pobre puede pertener a la élite culta, como una rica puede no hacerlo. Es un error creer que porque se ha viajado a Europa y se han visitado museos, la persona pasa a formar parte de la élite, sobre todo, porque ahora la cultura se vende como un sitio turístico y el nivel de abstracción no es el mismo para todos; en otras palabras, asistir a una sinfonía no significa que se hayan entendido las piezas, ni escucharla en la radio significa que no lo haya hecho.

El aspecto cultural se vuelve más complejo aun cuando topamos el tema de la globalización. Artistas han explicado este fenómeno como una verdadera destrucción de la identidad: si no hay límites, tampoco hay reconocimiento. Toda información, rito, historia ahora es entendida y difundida a través del Internet, por ejemplo, y la cultura de masas absorve lo autóctono de cada país. La cultura ecuatoriana se ha reducido a un mercado artesanal y las nuevas generaciones son capaces de adaptarse a cualquier cultura porque no se empapan de la suya propia: abandonamos el tostado por las papas fritas, la fritada por la hambuerguesa y hay personas que conocen más de Estados Unidos, que de su propio país.

Mario Vargas Llosa habla del “mundo pantalla” que ha sido capaz de romper las barreras del tiempo y del espacio, cosa que a simple vista suena muy positiva, pero que si lo repensamos podemos percibir que genera una estandarización del tiempo-espacio: todos estamos en todo lugar, entonces no estamos en un punto específico. La publicidad, por ejemplo, busca vender ideales de vida que funciona para todos; Coca-Cola significaría “destapar la felicidad” en todo el mundo porque ahora todos somos iguales, con una pérdida significativa de la individualidad.

No es cuestión de ser “actuales” y olvidar la cultura, es cuestón de no perder la perspectiva y empezar a apreciar lo nuestro. Es increíble creer que ahora los jóvenes usen ponchos de diseños tribales porque marcas reconocidas de moda los ponen al mercado mientras que nadie sería capaz de usar un poncho hecho por indígenas ecuatorianos. No se debe dar la espalda a lo que somos.

Las diferencias que existen entre nosotros nutren la cultura nacional, la colorea y en las comparaciones se evidencia esto; hay ciertos matices que varían de región a región, de edad a edad o de clase social, pero hay chistes que todos entendemos y disfrutamos, expresiones que revelan que somos iguales a los demás. Dejemos de menospreciar entonces lo popular, de creer que se es superior por citar un autor célebre. Es momento de dejar de buscar diferencias y encontrar similitudes entre los nuestros.

Reproducción solicitada desde: El Imperdible

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